Cuando Rafael Correa dice que el terremoto del 16 de abril de 2016 es, en Ecuador, la peor tragedia de los últimos 70 años, está en lo cierto. El movimiento telúrico de 7,8 grados Richter ‘sepultò’ a 671 personas; y, según la Oficina de la ONU para la Coordinación de Asuntos Humanitarios, más de un millón resultaron afectadas. Sin embargo, cuando -un año después- el Presidente sostiene que “con unidad, solidaridad y trabajo, la reconstrucción de las provincias de Manabí y Esmeraldas es un hecho”, podría decirse que es necesaria una precisa y detallada contextualización.

Lo que puede considerarse un hecho es que el terremoto sobrepasó las expectativas de todos los actores del Estado: sociedad civil, Gobierno central y autónomos… Era difícil estar preparado para un evento de esa naturaleza. Otro hecho es que -12 meses después de la embestida de la tierra- todavía hay cientos de familias en las calles de las zonas afectadas: Manabí y Esmeraldas. “La asistencia a esas familias nunca llegó, no ha llegado y lo que preocupa es que no va a llegar”, sentencia Kevin Barreto, damnificado y periodista de Bahía de Caráquez (Manabí).

La Chorrera

Al visitar áreas golpeadas, como Pedernales, Canoa y Bahía, es posible consignar que existen zonas rurales donde la ayuda no llegó y las obras que se publican a través de la propaganda oficial no se visualizan. Sin embargo, desde las autoridades se insiste en que se ha gastado una gran cantidad de recursos en el proceso de reconstrucción:

Hace un año, el 30 de abril, el Jefe de Estado afirmó que las medidas económicas generarían unos USD 1 000 millones. Se refiere a la Ley de Solidaridad y a la subida de impuestos que serían destinados para atender la emergencia. Este 2017, de acuerdo a los datos expuestos en el portal de la Secretaría de la Reconstrucción, la cifra se superó y se recaudaron 1.397.735.651,11 de dólares.

“Solamente es pura publicidad para confundir a la gente. Las siete maravillas del mundo que ha ofrecido el Gobierno por la televisión, es pura mentira. A los damnificados no nos han regalado una hoja de zinc. Estamos trabajando por nuestro esfuerzo, no porque nos haya ayudado el Gobierno”, dice Humberto Colobón, morador de Pedernales, epicentro del terremoto. Su testimonio coincide con el de otros tantos…

Rocío Cedeño es propietaria de uno de los restaurantes que se levanta en el malecón de Pedernales. La estructura de su negocio -y casa- se desplomó a causa del terremoto; pero empezó a trabajar en carpa un mes después. Tras un año, ya opera en un local restaurado, pero sostiene que no tuvo ayuda. “El Gobierno andaba haciendo atrocidades, barrían los terrenos buscando muertos y dejaban ahí pelado… Entonces nosotros nos hicimos cargo. También ofreció ayuda, pero nunca llegó. El Ministerio de Inclusión Económica y Social (Mies) andaba siempre por ahí, pero no. En La Chorrera dicen que sí hubo ayuda”.

Entonces se emprende el camino hacia La Chorrera para constatar los avances en las promesas. La comuna queda a 2km de Pedernales. Al llegar, al borde de la carretera se observa una especie de conjunto habitacional, donde se levantan casas de caña guadua y cemento; ahí opera maquinaria de construcción. Se ingresa por una vía asfaltada y al continuar la ruta aparece un ‘campamento’. Hay niñas, niños, mujeres, hombres viviendo en comunidad entre palos de caña, madera y plásticos desde donde se resguardan de la intemperie: el sol, la lluvia… el polvo y el lodo no se puede ‘esquivar’.

“Armamos una pequeña ramada porque no quedaba más. Según dicen, esas casas que han hecho son para nosotros… Pero un año después, no hay nada, no hemos sido parte de ningún trámite”, explica Ramón Mera, habitante de La Chorrera.

El pescador ha presenciado la llegada del Presidente hasta esa zona, lo mismo los candidatos a la Presidencia en época electoral. “No conversaron con nadie, vinieron a pasear como cualquier turista…”.

Gabriel Alcívar, alcalde Pedernales, reconoce que existen necesidades pendientes por atender. La autoridad indica que a través del Ministerio de Desarrollo Urbano y Vivienda (Miduvi) se hizo un levantamiento de las personas afectadas. Unas recibieron refugio en albergues y otras se quedaron en las estructuras que todavía eran habitables. Los datos de la Secretaría de la Reconstrucción indican que 69.000 edificaciones tuvieron daños. 9663 se demolieron en Manabí y 658 en Esmeraldas. 6000 damnificados fueron atendidos en 24 albergues que se instalaron en distintas localidades del país.

Bahía de Caráquez

De esos, 15 funcionan actualmente y acogen a 3597 personas. Se mantienen 5 en Muisne (Esmeraldas); 1 El Carmen, 3 Jama, 3 Pedernales, 2 San Vicente y 1 en Sucre (Manabí). Todos los refugios están a cargo de las Fuerzas Armadas y no admiten el ingreso de personas ajenas. Según uno de los funcionarios del albergue Los llanos de Pedernales, actualmente se construyen las viviendas para que los refugiados salgan en forma programada.

Decir que el terremoto le cambió la vida a muchas personas es redundar. Gente que tenía una casa, un empleo, ahora sobrevive en condiciones de vulnerabilidad a la espera de una respuesta. Hubo quienes también abandonaron los poblados, migraron hacia otras zonas del país, porque su realidad era escombros. Otros afrontaron los embates de la naturaleza y de la desorganización de las instituciones responsables y apostaron por reactivarse por cuenta propia. Y están los que siguen a la intemperie, sin techo y en condiciones de insalubridad. Para todos ellos, estar vivos es una victoria.

Por otra parte, también revisa la situación de los medios de comunicación durante y después del terremoto del 16 de abril en el documental: